La explotación de los Recursos Naturales
Recurso, procede del verbo recurrir. Recurso es el medio material al que se
puede recurrir para conseguir algo. Se definen como recursos naturales
los subsistemas naturales capaces de explotación o aprovechamiento por
el hombre.
Los recursos implican una cadena de pasos para alcanzar la fase del beneficio.
El ciclo a lo largo del cual el subsistema natural se encuentra en contacto
con la sociedad que lo explota, se ha llamado procesado del recurso.
Se está introduciendo otra expresión cercana que es ciclo de vida.
El ciclo se refiere a un producto y los otros productos que se le asocian en
su producción, uso y abandono final. Es mas limitado en su concepción
que el procesado del recurso. Tiene la ventaja de enfocarse a un producto concreto
y permitir su contabilidad ambiental.
La explotación conduce a la generación de residuos, restos,
subproductos, perturbaciones y en general disfunciones ambientales sean
directas, sobre los sistemas explotados o indirectas, inducidas sobre otros
sistemas, alejados en el tiempo o el espacio.
La mayor parte de los recursos exigen técnica o instrumentos, herramientas
para su explotación. Algunos excepcionalmente, son de beneficio personal
y directo (como el oxígeno atmosférico al respirar), pero resultan
la excepción.
La distinción tradicional entre recursos renovables y no renovables exige
precisiones; es preferible referirse a explotación renovable o no renovable,
pues tal carácter depende mas de aquella que del sistema natural implicado.
Para que un recurso sea explotado, se requieren condiciones ajenas al sistema
natural:
-existencia de una tecnología suficiente
-posibilidad de acoplar la explotación al consumo de otros recursos
-poblaciones humanas involucradas en la explotación
-consideración socialmente aceptable de la explotación
Siendo los recursos naturales tan dependientes de la tecnología y la
sociedad, su significado se ha modificado continuamente con la historia humana.
El mismo sistema natural ha sido explotado (se ha considerado recurso) de modos
diferentes o contrapuestos. En todas las culturas ha existido un tránsito
de unos recursos naturales a otros ayudados por innovaciones tecnológicas
y evaluaciones sociológicas.
Las tecnologías avanzadas desplazan a las primitivas. La introducción
de máquinas desplazan a la artesanías. La facilidad de transporte
permite disponer a bajo precio de una materia prima o distribuir un producto
en mercados lejanos con un coste añadido, moderado. Esto implica explotación
de recursos naturales mas y mas lejanos hasta que todo el planeta es explotable
en sus recursos y accesible a los mercados. Esta universalización de
la actividad industrial y la explotación, está dando al traste
con la cultura tradicional.
El abandono de la cultura tradicional deja sin sentido la mayor parte de las
intervenciones organizativas tradicionales en la Naturaleza, que son sustituidas
por grandes dosis de energía y materiales o moléculas muy activas
como fertilizantes y pesticidas.
La sustitución cuasi instantánea (comparado con el horizonte cultural)
del modo tradicional por el tecnológico, deja un gran vacío de
percepción cultural donde la vida rural pierde sus valores y con ella
la supervivencia. Desgarra a quienes abandonan el modo de vida extensivo, de
reconocimiento continuado de la realidad natural y respuesta en pequeñas
intervenciones donde todo les era propio y significativo como recurso. Trasladados
al medio urbano, su ámbito, reducido al doméstico es inmensamente
reducido y la explotación de recursos desaparece enteramente.
La Naturaleza aculturada, sufre la interrupción de información
reguladora, organizativa y se desencadenan procesos en desequilibrio: acumulación
de materiales o de rápidos procesos sucesionales con radicales modificaciones
de diversidad, productividad, estructura y, a veces, de estabilidad. Los paisajes
tradicionales, sus elementos culturales y naturales se desorganizan o llegan
a peligrar: la violencia de los incendios forestales de verano en la cuenca
del Mediterráneo, tiene que ver con el abandono de los cultivos y los
bosques tras haber cesado la explotación tradicional.
4.3.1 Explotación actual de los recursos naturales.
El modo actual de explotar o de obtener recursos es merced a la energía,
y los materiales en interacciones intensas con poca mano de obra. Las herramientas
o los productos, se adquieren. La información, que ya no es la tradicional,
se renueva rápidamente y ha de pagarse por obtenerla.
La Revolución industrial otorgó a la Humanidad la energía
aplicable en máquinas que ejecutan tareas a las órdenes del hombre.
Las bestias de tiro, las pequeñas ruedas hidráulicas o de viento,
la navegación a vela, eran casi todas las fuentes energéticas
disponibles y que, junto al esfuerzo humano, completaban el catálogo
energético.
La Revolución industrial va ofreciendo energía, materiales, técnicas,
capitales, mercados, transporte y con ellos se instaura la explotación
de recursos lejanos, lo que implica un transporte creciente. Como ejemplo, la
mayor parte (54%) de nuestro presupuesto energético (en España,
1990) se obtiene del petróleo, cuyos yacimientos se encuentran a miles
de km.
La posibilidad abierta por la energía para beneficiar los recursos naturales
ha iniciado el intenso desarrollo demográfico de nuestra propia especie,
reduciendo las causas de mortandad infantil y alargando la vida adulta con alimento
suficiente, mejores viviendas, combate de plagas y enfermedades: en suma, explotando
o modificando el entorno. Nuestra especie es la primera capaz de crear un ecosistema
adecuado a sus requerimientos donde optimice seguridad y supervivencia controlando
el biotopo y suprimiendo la biocenosis indeseable. Su mantenimiento exige el
consumo de cuantiosos recursos naturales. La progresión tecnológica
ha navegado sobre el caudal de energía disponible, convertido en la clave
de nuestro desarrollo.
La explotación de recursos produce efectos directos: su consumo o agotamiento
según sean o no renovables. Y efectos indirectos: consumo de otros recursos
para procesar los primeros y degradación de unos terceros, que ni son
explotados ni consumidos.
Por vía de ejemplo, la obtención del hierro implica la minería,
el transporte y la siderurgia. Cada fase utiliza otros recursos como la madera
para el apeo de galerías, combustible para el transporte, carbón
para la siderurgia. El carbón a su vez exigía en su minería
madera, hierro, etc. Los efectos indirectos de la explotación del hierro,
son la destrucción del paisaje por la minería (ecosistemas, especies,
núcleos urbanos). La contaminación de los ríos por acidificación,
metales pesados, partículas en suspensión de los lavaderos. La
contaminación atmosférica por las acererías (ceniza, NOx,
SOx).
La obtención de un recurso natural consume otros (además de los
humanos, financieros, tecnológicos, etc que no se tratan en este apartado).
Sustitución. Es innegable la pérdida de recursos
debida a la desaparición de los sistemas naturales que le daban soporte
como las minas o los bosques. A la vez, se descubren nuevos recursos que pueden
sustituir a los antiguos de modo tan satisfactorio que la demanda de aquellos,
descienda o desaparezca.
Por ejemplo la sustitución del cobre por la fibra óptica de sílice;
de la madera por el plástico; de la lana por las fibras sintéticas,
etc. La sustitución de recursos, que se ha dado en toda la evolución
cultural, conlleva la apertura de nuevos frentes de perturbación ambiental
y el cierre de algunos tradicionales.
Hay una dependencia entre los cambios de la Biosfera y la expansión de
la Humanidad. No sólo la expansión numérica, demográfica,
que es un componente, sino la cultural. El efecto desestabilizador no es proporcional
a los 6.200 millones de personas que compartimos ahora 2001 el planeta. Es proporcional
a la energía disipada en nuestras actividades y esta varía mas
de un orden de magnitud de unas personas a otras: desde los 0,3 Kw/persona para
los sectores atrasados en países subdesarrollados a los mas de 10 Kw/persona
en USA, Canadá, Suecia, Luxemburgo. Los 1000 millones de habitantes despilfarradores
gastan mas energía que el resto de la Humanidad y su impacto en la Biosfera
es mas grave. Los 350 ciudadanos mas ricos del globo poseen tanta riqueza como
los 2500 millones mas pobres. El peso de esta abrumadora minoría sobre
la toma de decisiones de contenido ambiental, es probablemente mucho mayor que
la tenencia de capital.
4.3.2 Los efectos de la aculturación en la Biosfera.
Haciendo referencia a los logros del hombre cazador o recolector: la predación
y el uso del fuego, parece que su intervención hubiera sido simplificadora
de los ecosistemas, reductora de la diversidad. La transformación biotecnológica
que inician agricultores y ganaderos desencadena un proceso global diversificador,
desarrollando sistemas mas diversos y productivos que sus antecedentes naturales.
Comienza una re-creación de la Biosfera que se impregna de rasgos humanizados,
culturales en una tendencia que se incrementa hasta nuestros días.
El Profesor González Bernáldez, acuñó el término
"frutalización" para describir la concentración de especies
portadoras de frutos comestibles en el paisaje mediterráneo de nuestra
cuenca. Tras milenios de intervención humana, los bosques de la Península
Ibérica y de otras áreas mediterráneas están enriquecidos
en árboles productores de bellotas, piñones, castañas,
nueces, algarrobas, madroñas, acebuchina.
Una a una es difícil precisar cómo ha sido intervenida cada especie,
pero el conjunto resulta innegablemente humano. Vistos desde la perspectiva
urbana, asemejan bosques naturales. Sus aves y mamíferos frugívoros,
los dispersores naturales, parecen fundamentar este bosque frutal o el matorral
de endrinas, caramujos, espinos, avellanas, perillos, palmitos de frutos comestibles.
Pero en la Península ibérica como en otros regiones donde está
documentado el fenómeno, son reflejo del papel humano en los ecosistemas.
Efectos de "frutalización" son reconocibles en paisajes aparentemente
no alterados como el bosque tropical americano donde pueden hallarse altas densidades
de palmas y otras especies de frutos comestibles, no explicables por los procesos
ecológicos conocidos. Aunque no se perciba una anomalía, el mero
hecho de existir evidencia arqueológica (templos, poblados, fondos de
cabaña, evidencia de cultivo itinerante) sugiere que la (aparente) selva
natural es en realidad una sucesión secundaria condicionada por interacciones
humanas antiguas y duraderas. Una selva aculturada.
Otro ejemplo, tomado de la Península Ibérica, son las dehesas.
Estos ecosistemas se caracterizan por un vuelo con baja densidad de arbolado
y un suelo con cubierta herbácea, mantenido libre de matorral. La distribución
y forma del arbolado, que condicionan su producción de fronde y bellota,
se regulan con la poda; la presencia de matorral y plantas leñosas, con
el majadeo y redileo. En los pastos mejor atendidos se combinaban diferentes
ganados a lo largo del ciclo anual.
El pastizal de la dehesa posee excepcional riqueza de especies ofreciendo los
valores de diversidad mas altos descritos para la vegetación mediterránea,
(5 bites), sólo comparables a la selva tropical (Díaz Pineda y
otros, 1993). La prolongada intervención con herramientas biotecnológicas
(los ganados) ha gestado en las dehesas, ecosistemas culturales extraordinariamente
diversos, estables y productivos, en cuyo seno ha persistido, sin merma, la
fauna y flora original.
El equilibrio alcanzado en el centro de Europa entre cultivos, praderías,
bosques y áreas urbanas se vió favorecido por la resiliencia de
muchos ecosistemas, capaces de soportar intervenciones reiteradas: tala, pasto,
roza, labor, recuperando después composición, biomasa y estructura.
Mas al Sur, en torno a la cuenca mediterránea, el estrés veraniego
que impone una pausa a la productividad, la cultura del fuego, las violentas
lluvias otoñales, han contribuido a generar un mosaico de paisajes que
yuxtapone teselas de bosque, matorral noble, matorral pirófito, pastos,
cultivos, ocupación humana, a teselas de profunda degradación
o erosión intensa. Pese a ello, el paisaje mediterráneo ha soportado
la presión humana durante milenios y en su seno se ha forjado la civilización
occidental.
Los sistemas de Europa y cuenca Mediterránea, Medio Oriente y Mesopotamia,
Sur de India, Sur de China, Sur de Japón, Centro América y otros
puntos habían desarrollado, frente a la presión humana, ecosistemas
resilientes capaces de internalizar los impactos agrícolas y ganaderos
y reconstituirse después. Circunstancias favorables como una larga coevolución
de herbívoros, frugívoros y vegetación, la fluctuación
climática o la frecuencia de fuegos, facilitaron la asimilación
de la intervención humana y el proceso de aculturación. Al mismo
tiempo ofrecieron las condiciones adecuadas para el desarrollo cultural, progreso
tecnológico y la implantación temprana de grandes civilizaciones.
En la cultura tradicional agrícola y ganadera del Mediterráneo
se aplicaban ingenio, conocimientos, paciencia y tiempo para conseguir que la
Naturaleza fuera elaborando el recurso. Con pocas fuerzas y sin productos, acaso
con una herramienta simple, se canalizaban procesos naturales hacia objetivos
productivos de manera que la Naturaleza concentrara su actividad en puntos sensibles,
de aprovechamiento fácil.
Pequeños aperos y pequeñas máquinas simples: cuchillo,
palo aguzado, azada, hoz, martillo, bieldo. Arado, carro, barca. Las excepciones
son el molino hidráulico y el barco, que con la casa, han sido durante
casi 5.000 años los mayores logros tecnológicos humanos.
La poda de frutales ilustra bien este modo tradicional de intervención
organizativa, donde el hombre trasmite información (al árbol)
para canalizar su productividad primaria neta hacia el fruto comestible. Las
herramientas de control pueden hacerse mas complejas como en la ganadería:
el hombre dirige al perro, que actúa sobre el rebaño, cuyo redileo
modifica la composición, fertilidad y productividad del pasto.
La intervención humana se va extendiendo a todos los elementos naturales
con el carácter organizador. Y el entorno humano se convierte en una
suerte de taller o fábrica de herramientas. Los mangos de las herramientas,
las que están hechas de madera o de corteza se producen en el árbol
mediante intervenciones. Un fresno (Fraxinus) se puede podar para producir madera,
ramas finas, ramas gruesas o para producir hojas. La roda o las cuadernas de
un barco, la esteva del arado que son ramas curvas, se inducen, guían
y cuidan durante años para que adquieran la forma y porte necesarios.
Ocultos a los ojos tecnológicos de quienes viven en la ciudad actual,
el pueblo, sus setos, bardas, caceras, regatos, eran unidades funcionales organizadas
o lentos productores de las herramientas y materiales necesarios.
Dos ejemplos en árboles mediterráneos:
La Encina (Quercus ilex, Q. rotundifolia): frutal, alimento ganadero de fronde
y fruto, base para alimentación de ganados y piaras de cerdos (contando
con los escondrijos de bellotas hechos por los ratones campestres). Sombra para
pasto, protección. Madera, carbón. Casca. Madera cocida imputrescible
en agua.
El Alcornoque (Quercus suber), con bellotas, fronde, carbón, casca y
madera como la encina y además, corcho. Se convertía en una máquina
herramienta para fabricar colmenas, cubos, dornajos, palanganas, fuentes. Árbol
importante en lo económico en el S XIX con la generalización del
vino embotellado y su tapón de corcho (corcho de montaña). La
tinta y el teñido de los cueros de negro se hace con las agallas mezclando
su jugo con sales de hierro. De la importancia del recurso da idea la riqueza
del lenguaje español cuando se refiere a las agallas o sus tipos: Coscorro,
Cacarro, Zonzorro, Cecidia, Gargal, Agallón, Gállara, Bugayo,
Bugayón, Tora.
Prácticamente todos los recursos mencionados, están abandonados.
Quedan, como marginales, los ganaderos, dependientes de la política comunitaria
de precios.
Como ejemplo de la transformación, se puede poner la agricultura española.
Durante el presente siglo XX, la superficie cultivada ha permanecido aproximadamente
fija en 20 millones de hectáreas. Después de la guerra civil (principio
de los años 40) se extienden temporalmente los secanos, abandonándose
pronto. Se han abandonado unos 2,5 millones marginales y se han roturado superficies
equivalentes. Se han transformado en regadío unos 4 millones de hectáreas.
Con todas las fluctuaciones, la superficie se ha mantenido casi constante. Sin
embargo, la población rural ha pasado en el siglo del 85% (unos 20 millones
de personas o solo con 12% (5 mill). La producción, se ha elevado en
producto agrícola y el valor de la misma ha alcanzado el máximo
hacia 1987. La contribución del producto agrario a la renta nacional
ha descendido continuamente a lo largo de este siglo.
Se podrían analizar horizontes de explotación reduciendo la población
agrícola al porcentaje europeo del 7% (que daría una cifra de
3 millones de personas en el sector) o al 2% de USA (0,8 millones). Y la potencia
por ha, los fertilizantes, o el número de máquinas, el consumo
de pesticidas ofrecen otras tantas imágenes del cambio.
4.3.3 Desequilibrios geográficos.
El equilibrio de las explotaciones sostenibles puede perderse con la regeneración
del ecosistema o con su degradación.
La degradación irreversible de los ecosistemas de un área se produce
cuando la capacidad de recuperación es excedida o cuando se instauran
procesos degradativos realimentados, como los erosivos. Sobrepastoreo, cultivo
en pendientes, tala repetida, regímenes de fuego frecuente, pueden abocar
a esta situación en nuestro entorno. La degradación de una área
es capaz de inducir perturbación en otras alejadas, ampliando el proceso:
la erosión de cabecera moviliza agua y sedimentos sobre el valle, la
dunización recubre de mantos de arena el entorno estable, etc. Los ecosistemas
no son capaces de absorber el impacto; de detener o restaurar sus efectos.
Son mas perceptibles estas situaciones en el ámbito mediterráneo
que en el resto de Europa y su reiteración ha terminado por desertizar
áreas antes fértiles como Tabernas en Almería, Sicilia,
Creta o extensas regiones en el Magreb, Líbano, Siria, Israel, Jordania.
Los efectos del modelo europeo de intervención agrícola y ganadera
han sido deletéreos en otros ámbitos geográficos. A los
pocos años del descubrimiento de América, caballos, cerdos y vacas
cimarrones se extendían rápidamente junto a especies vegetales
cultivadas asilvestradas o introducidas con el pienso y los ganados.
La contundencia del cambio se debió, en gran parte, al efecto desorganizador
del pastoreo en una vegetación dominada por perennes, de elevado desarrollo
estructural, adaptadas a ramoneadores. Los altos pastizales de California, por
ejemplo, fueron sustituidos por pastos de terófitos procedentes de la
Península. El proceso de sustitución no se ha concluido: actualmente
puede observarse en la Patagonia y la Tierra del Fuego donde las especies anuales
o herbáceas perennes europeas (Poa, Lolium, Dactylis, Holchus, Taraxacum)
ocupan vigorosamente el espacio dejado por la vegetación leñosa
autóctona perturbada (Empetrum, Permetya).
La tala y roza seguidas de cultivo, en bosques tropicales, inducen la mineralización
de la materia orgánica y la degradación irreversible del suelo,
que mantendrá mas tarde ecosistemas seriales dominados por plantas espinosas
que hoy ocupan enormes extensiones.
La biomasa y producción de la vegetación tropical fueron interpretadas
por los colonizadores europeos como indicio de fertilidad para cultivos, trasponiendo
los métodos de explotación de Europa. Pero el referente ecológico
en este continente poseía una resiliencia excepcional debida a su larga
historia de intervenciones humanas. La brusca implantación del cultivo
en los medios tropicales, muy estructurados o frágiles, resultó
destructiva. Paradójicamente estas pautas de intervención que
ya en el S XVI se habían mostrado equivocadas, han persistido hasta la
actualidad.